Un país que aprende a protegerse

Santo Domingo, RD

República Dominicana merece reconocimiento por asumir con seriedad la realización de un simulacro de terremoto. Más que una actividad coordinada por las autoridades, estos ejercicios representan una oportunidad para que la población comprenda que la prevención no comienza cuando la tierra tiembla, sino mucho antes.

Un terremoto no avisa. No concede tiempo para organizarse, buscar documentos, llamar a familiares o decidir hacia dónde correr. Por eso, practicar qué hacer ante un movimiento sísmico puede marcar una diferencia enorme en medio de la confusión que inevitablemente acompaña a una emergencia.

El Centro de Operaciones de Emergencias (COE) resume una idea fundamental: la preparación debe dividirse en tres momentos: antes, durante y después de un terremoto. Y cada uno exige responsabilidad.

Antes, el COE recomienda preparar un plan de emergencia, identificar las vulnerabilidades de la vivienda, disponer de una mochila de emergencia y realizar simulacros en el hogar. Son acciones aparentemente sencillas, pero precisamente por eso deberían convertirse en hábitos familiares. ¿Dónde nos reuniremos? ¿Qué hacemos si estamos separados? ¿Qué elementos necesitamos tener disponibles? Son preguntas que conviene responder cuando todo está tranquilo, no cuando el edificio está temblando.

Durante el terremoto, la prioridad es mantener la calma. El COE recuerda que no deben utilizarse ascensores ni escaleras durante el evento y recomienda agacharse, cubrirse y protegerse, además de alejarse de ventanas de vidrio y espejos. No se trata de correr sin dirección, sino de saber reaccionar correctamente ante el peligro.

Y después, tampoco termina la emergencia. Hay que comprobar que los familiares estén en el punto de reunión, no regresar a una edificación hasta verificar que no presenta daños y evitar encender fósforos o utilizar artefactos de llama abierta. Si una persona queda atrapada, el material del COE recomienda utilizar un silbato para facilitar su localización.

Ese conjunto de recomendaciones revela algo que debemos entender como sociedad: la gestión del riesgo no puede ser responsabilidad exclusiva de las instituciones de emergencia. El Estado debe fortalecer sus protocolos, capacitar a sus equipos y mantener sus sistemas de respuesta preparados, pero cada familia también tiene una responsabilidad.

Por eso, el valor de un simulacro no debe medirse únicamente por la cantidad de personas que participaron o por el tiempo que tomó evacuar una instalación. Su verdadero éxito estará en lo que ocurra después: que una familia prepare su mochila, que una escuela revise su protocolo, que una empresa identifique sus zonas vulnerables y que cada ciudadano sepa dónde protegerse si la tierra comienza a moverse.

República Dominicana está situada en una región donde los fenómenos sísmicos forman parte de nuestra realidad. No podemos impedir que ocurra un terremoto, pero sí podemos reducir nuestra vulnerabilidad frente a él. Esa diferencia puede significar vidas.

Felicitamos, por tanto, a las instituciones, empresas, centros educativos, comunidades y ciudadanos que hicieron posible este ejercicio. Pero el aplauso será verdaderamente útil si lo convertimos en compromiso.

El simulacro termina; la preparación no. Porque cuando llegue el verdadero terremoto —si algún día llega— no tendremos la oportunidad de ensayar. Lo que hayamos aprendido y practicado antes será nuestra primera línea de defensa. 

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