El Zumbido de la Regla y el Viento en la Guagua: Memorias de La Normal

Por: Roberto Fernández de Castro T.

Acababa de cumplir once años en aquel 1961, un año en el que todo en Santo Domingo parecía estar a punto de estallar o de florecer. Llegábamos al liceo como quien conquista la ciudad: encaramados en el segundo piso de una guagua Leyland inglesa de la Ruta A. Excepto los días de lluvia —cuando el refugio era la parada de la Padre Billini con Pina—, nuestro grupo de «párvulos» libraba una batalla campal por los asientos delanteros del segundo nivel, que era completamente descubierto, sin techo. Con nuestro uniforme de caqui, corbata y zapatos negros, allí estábamos: Luis Taveras Lucas (hoy eminente neurocirujano), Heriberto Rodríguez Bonet (cirujano destacado y profesor), mi querido colega Julio César Defilló, Petronio y otros tantos rostros que el tiempo ha ido desdibujando.

Era un ritual de adrenalina: disfrutar la brisa fría en la cara mientras bajábamos la cabeza frenéticamente para evitar el «ramalazo» de los árboles en la isleta central de la Avenida José Trujillo Valdez (hoy la Duarte). El trayecto era una postal de la época: la calle Isabel La Católica, el giro en la Benito González en Santa Bárbara, luego la Avenida Duarte y, finalmente, el desembarco en nuestro destino: el antiguo Liceo presidente Trujillo, rebautizado tras el tiranicidio como el Liceo Juan P Duarte.

Al pisar tierra, la libertad del viento se terminaba de golpe. Nos recibía la voz de trueno de Don Virgilio, quien junto a su hermano José María “Negro”, formaba la dupla de los «Hermanos Travieso Soto». Paradójicamente, su apellido era lo opuesto a su oficio: conminarnos al silencio absoluto, hacer la fila en la explanada del liceo, para enhestar la bandera al toque de diana de la trompeta. A los pocos días ya se sabían nuestros apellidos de memoria; no había travesura que escapara a su radar. Nos advertían que tenían «licencia» de nuestros padres para corregirnos.

El miedo no era al golpe en sí, sino al «doble pley»: el castigo en el liceo y la tanda de refuerzo que nos esperaba en casa. El Liceo Duarte era, por entonces, el corazón intelectual del país. Sus aulas no solo dictaban materias, forjaban ciudadanos. Allí pontificaban maestros legendarios: Zoraida de la Mota, justa y temida, que lograba el milagro de que perdiéramos el miedo a las matemáticas; Carlos Larrazábal Blanco, un gigante de la historia; el exiliado español Fernando Sainz, que nos inyectaba pensamiento crítico; y las profesoras Ubiera y Ligia A Melo que nos enseñaron amar las ciencias y letras. Pero el orden tenía sus guardianes.

Los hermanos Travieso patrullaban los pasillos con sus inseparables reglas de una yarda de largo. Nadie quería conocer el zumbido de esa madera surcando el aire antes del fuetazo seco en las nalgas. Era un mecanismo de relojería pedagógica. Al lado, el Play de La Normal (Osvaldo Virgil), servía de termómetro social: cuando había juego, la ciudad estaba tranquila. En los 50 había sido el centro de entrenamiento del Servicio Militar Obligatorio para los muchachos de San Carlos, Villa Francisca y Villa Consuelo; en los 60, se volvió el puente hacia la modernidad.

Era un privilegio ver entrenar al «Gringo» Torres o a los hermanos Angustia en la única pista de atletismo de la ciudad. El estadio era el santuario del béisbol Doble A, inaugurado en el 1946, figuras como Jackie Robinson y Roy Campanella jugaron con los Dodgers de Brooklyn, en el 1948 en el “Play de la Normal”.

Con el final de la década, la ciudad cambió de piel. Las guaguas de dos pisos desaparecieron, víctimas de los cables eléctricos, las ramas descuidadas y la falta de mecánicos que entendieran el «idioma» de los motores ingleses. El bulevar de la Duarte, con sus árboles y su aire señorial, fue devorado por el cemento, el asfalto y el pandemónium del comercio informal. Fueron tiempos convulsos. Recuerdo a los hermanos Travieso intentando controlar a una “turba” de adolescentes nerviosos mientras afuera estallaban las bombas lacrimógenas. Eran los días de las piedras contra los fusiles, de las consignas de la UER contra los socialcristianos.

La educación se volvió un acto de supervivencia; las clases se suspendían por seguridad, y muchos padres, aterrados por la violencia política, terminaron trasladando a sus hijos a otros centros. Hoy, la nostalgia me devuelve a Don Virgilio y a Negro intentando imponer disciplina en medio del caos. Años más tarde, el destino nos volvió a reunir con ellos en el deporte, en el Auditorio Eugenio María de Hostos. Allí, entre canastas de baloncesto, siguieron educándonos con la misma rectitud, recordándonos que, aunque la ciudad se caiga a pedazos, la disciplina y el respeto son la única brújula posible.

La entrada “El Zumbido de la Regla y el Viento en la Guagua: Memorias de La Normal» se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).

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