La viralidad no puede sustituir la humanidad

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Por: Lisset de los Santos

La violencia es un fenómeno social complejo con múltiples causas: factores sociales, culturales, psicológicos y biológicos.


La República Dominicana cerró 2025 con 951 homicidios intencionales, lo que representa una tasa de 8.7 por cada 100,000 habitantes.


El fin de semana dejó una escena que retrata con crudeza una realidad que ya no podemos ignorar: un chofer de camión recolector de basura fue perseguido y acuchillado por un grupo de motoristas tras un presunto incidente de tránsito. Murió. Y con él se desplomó, una vez más, la frágil barrera que separa el conflicto cotidiano de la violencia extrema.


Lo que debió resolverse con responsabilidad y dentro del marco de la ley terminó convertido en una cacería. No fue un arrebato aislado; fue una reacción colectiva desbordada, donde la ira sustituyó al juicio y la multitud se impuso sobre la razón. Ese es el verdadero peligro que enfrentamos hoy: la normalización de la violencia como respuesta inmediata.


Pero hay otro elemento que agrava el panorama: la forma en que estos hechos se consumen y amplifican. En minutos, el caso se convierte en tendencia, en contenido, en cifras de reproducciones, videos, comentarios, teorías. La tragedia se fragmenta y se distribuye, mientras la indignación compite con el morbo. En ese proceso, la víctima corre el riesgo de convertirse en un dato más dentro del flujo interminable de información.


La viralidad tiene un poder innegable, puede: visibilizar injusticias, movilizar conciencias y generar presión social. Pero también puede deshumanizar. Cuando el enfoque se desplaza del dolor real hacia la exposición masiva, se pierde algo esencial: la empatía. Se comenta más de lo que se comprende, se reacciona más de lo que se reflexiona.


El problema no es que se comparta la información, sino cómo se hace y con qué intención. ¿Se busca justicia o atención? ¿Se pretende generar conciencia o simplemente acumular interacciones? En esa línea difusa se define hoy buena parte del comportamiento social.


Este caso, como tantos otros, revela una falla más profunda: la incapacidad de gestionar conflictos sin recurrir a la violencia. La calle se ha convertido en un espacio de tensión permanente, donde cualquier roce puede escalar rápidamente. Falta educación vial, sí, pero también falta educación emocional. Es fundamental entender que la vida humana no puede estar sujeta a impulsos momentáneos ni a códigos de “respeto” distorsionados.


A esto se suma una preocupante cultura de grupo, donde la responsabilidad individual se diluye. Cuando varios participan en un acto violento, la culpa parece repartirse hasta volverse casi invisible. Pero no lo es. Cada acción cuenta; cada decisión tiene consecuencias. Y en este caso, el resultado fue irreversible.


La sociedad no puede acostumbrarse a este tipo de desenlaces. No puede aceptar como “parte del día a día” que un conflicto de tránsito termine en muerte. Tampoco puede permitir que la conversación pública se limite a la indignación pasajera que desaparece con la siguiente tendencia.


Se requiere más que reacción: se necesita reflexión. Más que viralidad: humanidad.
Humanidad para entender que detrás de cada titular hay una familia rota, un entorno impactado, una vida truncada. Humanidad para exigir justicia sin caer en la banalización del dolor. Humanidad para replantear la forma en que convivimos, discutimos y resolvemos nuestras diferencias.


Porque cuando la violencia se convierte en espectáculo, todos perdemos. Y cuando la vida humana se reduce a contenido, la sociedad entera se deshumaniza.


La pregunta no es solo qué ocurrió, sino qué haremos con ello. ¿Permitiremos que este caso se diluya entre miles de publicaciones más, o lo asumiremos como un punto de inflexión para cuestionar nuestras conductas?
La viralidad pasa. La humanidad debería quedarse.


Citemos al filósofo Griego, el inmenso Sócrates:
“Ser es hacer”.


La entrada La viralidad no puede sustituir la humanidad se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).

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