Por Pablo Viñas Guzmán
Hay un resultado de PISA sobre los estudiantes dominicanos del que casi nunca hablamos.
En 2018, cuando la OCDE decidió estudiar por primera vez las competencias globales, República Dominicana apareció entre los países cuyos estudiantes declaraban mayor confianza en su capacidad para comprender y abordar asuntos globales. También estuvo entre aquellos con mayor interés por aprender sobre otras culturas y entre los sistemas donde los jóvenes reportaron participar en más de siete tipos de actividades escolares vinculadas con temas globales e interculturales.
Estamos mucho más acostumbrados a leer PISA desde nuestros bajos resultados en matemáticas, lectura o ciencias. Estos otros datos cuentan una historia distinta. No necesariamente mejor, pero sí bastante más interesante.
Ese mismo año estaba en Budapest participando en la Conferencia Global de AFS. El tema del encuentro era precisamente las competencias globales. Allí escuché a Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE y una de las figuras centrales detrás de PISA, explicar por qué los sistemas educativos necesitaban comenzar a mirar capacidades que iban más allá de las materias tradicionales.
AFS Intercultura República Dominicana recibió durante esa conferencia un reconocimiento por el trabajo realizado con Effect+, una iniciativa que había involucrado a 75 escuelas y centros educativos y a más de 800 jóvenes. Pedí a Jorge Ruiz que me acompañara a recibirlo porque había sido una pieza fundamental en aquel esfuerzo, junto con muchos de nuestros voluntarios locales. El certificado decía que aquellos jóvenes habían comenzado su transformación en “ciudadanos globales activos”.
Mientras nosotros intentábamos desarrollar esas capacidades desde experiencias educativas e interculturales, la OCDE estaba tratando de responder otra pregunta: ¿cómo saber si un joven está realmente preparado para desenvolverse en un mundo interdependiente?
PISA definió la competencia global mediante cuatro grandes capacidades: examinar cuestiones locales, globales e interculturales; comprender y apreciar perspectivas diferentes a la propia; interactuar de manera abierta y efectiva con personas de otras culturas; y actuar por el bienestar colectivo y el desarrollo sostenible.
Vista así, la competencia global tiene poco que ver con saber muchas capitales, haber viajado o dominar un segundo idioma. Exige saber evaluar información, reconocer sesgos, comprender por qué otras personas pueden interpretar un mismo problema de manera diferente, comunicarse atravesando diferencias culturales y ponderar las consecuencias de nuestras decisiones.
¿Qué encontró PISA en República Dominicana?
Aquí hay una precisión necesaria. Nuestro país no realizó en 2018 la prueba cognitiva específica de competencia global. Participamos en el cuestionario que estudiaba actitudes, percepciones y experiencias de los estudiantes. Por eso no existe un puntaje dominicano de competencia global que pueda compararse responsablemente con el de los 27 países y economías que sí realizaron aquella prueba.
Pero lo que respondieron nuestros estudiantes merece atención.
República Dominicana estuvo, junto con Albania, Alemania, Perú y Emiratos Árabes Unidos, entre los países donde los jóvenes reportaron mayor autoeficacia frente a cuestiones globales. También apareció entre los países con mayor interés por aprender acerca de otras culturas. Y mientras en los países de la OCDE los estudiantes declaraban participar, en promedio, en unas cinco actividades escolares relacionadas con competencias globales, en República Dominicana reportaron más de siete.
Conviene no apresurarse a celebrar. Todos esos indicadores son autorreportados y deben interpretarse con cautela. Un estudiante puede sentirse muy capaz sin serlo realmente, y una parte de esa confianza podría ser también sobreestimación. La ausencia de una prueba cognitiva para República Dominicana en 2018 nos impide contrastar directamente esa percepción con el desempeño.
Aun con esa limitación, tampoco creo que debamos desechar lo que muestran las respuestas. Interés por otras culturas, confianza para acercarse a asuntos internacionales y exposición a experiencias escolares vinculadas con estos temas constituyen una base sobre la cual se puede trabajar.
La pregunta es qué hacemos con ella.
PISA 2025 ofrece una pista nueva. Esta vez la competencia global no volvió a evaluarse como un dominio independiente, pero la prueba profundizó en la preparación de los estudiantes frente a los desafíos ambientales.
Los resultados permiten ver con claridad la diferencia entre disposición y competencia.
En ciencias en general, el 26 % de los estudiantes dominicanos alcanzó al menos el nivel básico de competencia. En la subescala específica de ciencias ambientales, el porcentaje fue 27 %. La proporción es casi exactamente la inversa de la OCDE: allí tres de cada cuatro estudiantes alcanzan el nivel básico; aquí, tres de cada cuatro no lo alcanzan.
Pero otros indicadores muestran una realidad más matizada. El 71 % de los estudiantes dominicanos manifestó interés en contribuir a la protección ambiental mediante su futura profesión, frente a 62 % en la OCDE. Y 69 % dijo conversar con familiares y amigos sobre cómo tener un impacto positivo en el medioambiente, frente a 56 % en el promedio de la OCDE.
En la percepción de impacto personal, la cifra dominicana también es 71 %, pero queda por debajo del 81 % de la OCDE. Algo parecido ocurre con la confianza en la acción colectiva: 74 % en República Dominicana, frente a 82 % en la OCDE. Precisamente por eso sería un error convertir estos datos en una historia demasiado simple de jóvenes dominicanos que quieren actuar más que los demás.
Lo que sí veo es una tensión que merece nuestra atención: hay interés, hay exposición y existen disposiciones favorables, pero todavía tenemos dificultades enormes para convertirlas en conocimiento y capacidad efectiva.
Hace poco, al revisar materiales de Moral y Cívica, hoy Educación en Ética Ciudadana, me preocupaba la poca fuerza con que aparecían algunas dimensiones de ciudadanía global e interculturalidad. Los resultados de PISA 2018 me obligan a añadir un matiz a aquella reflexión: quizás nuestros estudiantes sí están siendo expuestos a muchos de estos temas.
La pregunta más exigente es si los estamos preparando para hacer algo con ellos.
Hablar del cambio climático no significa aprender a distinguir una evidencia científica de una opinión difundida en redes sociales. Hablar de migración no significa aprender a escuchar seriamente la perspectiva de alguien que piensa distinto. Celebrar el Día de las Naciones Unidas o hacer una actividad sobre culturas diferentes tampoco garantiza que un estudiante aprenda a convivir con la diversidad.
Ahí está el paso de los contenidos a las competencias.
No hace falta crear otra asignatura. Podemos incorporar aprendizaje-servicio mediante proyectos en los que los jóvenes investiguen un problema de su comunidad y trabajen con otros para responder a él. Podemos utilizar intercambios virtuales para que estudiantes dominicanos colaboren durante varias semanas con jóvenes de otros países. Podemos evaluar parte de Educación en Ética Ciudadana a través de proyectos de participación comunitaria y no solamente mediante contenidos aprendidos en el aula.
La OCDE insiste en algo que me parece especialmente importante: las actividades aisladas no bastan. El desarrollo de competencias globales requiere experiencias consistentes que permitan aprender sobre otras culturas, analizar asuntos globales y practicar la resolución de conflictos y la colaboración.
Cuando recuerdo Budapest, ya no pienso solamente en un reconocimiento ni en una conferencia. Pienso en dos conversaciones que ocurrían en la misma sala. Una trataba de cómo medir las competencias que necesitarían los jóvenes para vivir en un mundo interdependiente. La otra, de cómo ayudarlos a desarrollarlas.
Ocho años después, los datos nos permiten formular mejor la pregunta para República Dominicana.
No basta con saber cuánto conocen nuestros jóvenes. Tampoco basta con preguntar si tienen buenas intenciones. El verdadero reto es conectar conocimiento, pensamiento crítico, apertura hacia los demás y capacidad para actuar.
Preparar a un joven para el mundo no consiste únicamente en enseñarle más cosas sobre el mundo. Consiste en darle oportunidades reales para comprenderlo, relacionarse con quienes son diferentes y descubrir que también puede contribuir a transformarlo.



