El caos del tránsito dominicano suele atribuirse a la cantidad de vehículos, a algunas vías o a la falta de agentes. Esos factores influyen, pero no explican todo. También importa cómo conducimos, cómo caminamos y cuánto respetamos las reglas que compartimos.
Cada día, conductores que ignoran una luz roja, motociclistas que circulan sin protección y peatones que cruzan por lugares inseguros convierten las calles en espacios inseguros. Muchas veces, la imprudencia se ve como algo normal: avanzar “un momentito” en contra del tránsito o tocar la bocina para exigir paso. Sin embargo, cuando esas conductas se repiten hacen más difícil la convivencia.
Por eso, la educación vial no debe limitarse a una charla ocasional ni aparecer solo después de un accidente. Debe comenzar en las escuelas y continuar en los hogares, las comunidades y los espacios públicos.
Las autoridades tienen una responsabilidad importante: aplicar las normas de manera consistente, mejorar la señalización y ofrecer vías seguras para conductores y peatones. Pero las sanciones, por sí solas, no crean una cultura de respeto. Para lograrla, cada ciudadano debe asumir su parte y entender que las reglas no son obstáculos.
Un tránsito más seguro no depende de una sola medida. Requiere educación constante, cumplimiento de la ley y responsabilidad individual.



