Hay derrotas deportivas que incomodan y celebraciones que forman parte natural de la competencia. Pero también existen líneas que conviene no cruzar, especialmente cuando se trata de una isla marcada por una historia compleja y por la existencia de dos Estados soberanos.
La victoria 4-1 de Haití sobre República Dominicana en el Estadio Olímpico Félix Sánchez fue, desde el punto de vista deportivo, un resultado contundente. Wilson Isidor fue una de las figuras del encuentro al marcar dos goles. Hasta ahí, todo corresponde a la dinámica normal de una competencia futbolística.
La controversia surgió posteriormente, cuando comenzaron a circular imágenes en las que se atribuyen al delantero las expresiones en francés “L’Hispaniola est Haïti” y “Haïti est ici”, traducidas como “La Española es Haití” y “Haití está aquí”.
Y aquí es donde el asunto deja de ser exclusivamente deportivo.
Un jugador tiene todo el derecho de celebrar un gol, exhibir con orgullo los colores de su selección y disfrutar una victoria. También tiene derecho a sentirse orgulloso de su país.
Pero cuando una celebración incorpora expresiones sobre la pertenencia de toda una isla, el mensaje adquiere otra dimensión.
La Española no es un territorio perteneciente a un solo Estado. La realidad política actual es que la isla está compartida por República Dominicana y Haití, dos países independientes.
Por eso resulta importante no confundir la pasión deportiva con cuestiones que pertenecen a un ámbito mucho más delicado: la identidad nacional, la historia y la soberanía.
El senador del Distrito Nacional, Omar Fernández, decidió responder públicamente a las expresiones atribuidas a Isidor.
Su planteamiento partió de una distinción que resulta fundamental: reconocer el triunfo deportivo de Haití sin aceptar que una victoria en una cancha pueda utilizarse como argumento para cuestionar la existencia o identidad del otro país.
El legislador también dejó establecido que los haitianos pueden sentirse orgullosos de su nación, al tiempo que los dominicanos tienen exactamente el mismo derecho respecto de la suya.
La rivalidad deportiva no necesita convertirse en rivalidad nacional
República Dominicana y Haití comparten una isla, una frontera y una historia que, precisamente por su complejidad, exige responsabilidad cuando figuras públicas o deportivas utilizan mensajes relacionados con ambos países.
El fútbol puede generar rivalidad. Puede haber provocaciones propias de la competencia, cánticos, celebraciones y emociones intensas. Eso forma parte del espectáculo.
Lo que debe evitarse es que esa rivalidad termine trasladándose hacia discursos que alimenten confrontaciones entre pueblos.
Una cosa es que Haití celebre una victoria 4-1. Otra muy distinta es que alguien pretenda utilizar ese resultado para transmitir una idea de pertenencia territorial sobre toda la isla.
Un marcador se modifica con el próximo partido. La soberanía de un Estado no.
De la misma manera, representar a Haití en una cancha internacional implica una responsabilidad adicional. Los jugadores son observados por miles de personas y sus palabras pueden tener una repercusión mucho mayor que la que imaginan en el momento de una celebración.
El episodio deja una reflexión que trasciende el resultado del partido.
El deporte tiene la capacidad de acercar a los pueblos, pero también puede convertirse en vehículo de tensiones cuando se mezclan competencia, nacionalismo y asuntos históricos.
Por eso, ganar debe significar ganar en la cancha.
Celebrar debe significar celebrar.
Y defender la identidad nacional debe hacerse con firmeza, pero también con respeto.
República Dominicana es República Dominicana. Haití es Haití. Y la isla de La Española es compartida por ambos Estados.
Esa realidad no cambia porque un equipo gane un partido de fútbol.



